sábado, 16 de agosto de 2025

La vieja casona

Desde lo alto del azul se distinguía por su rojo tejado. Colindando con el valle ancestral, la vieja casona entrompaba a un Cuyuní que cambió sus aguas marrones por el negro asfalto y daba su espalda a la sierra grande que nació de la ola que vino de lejos y se hizo lugar para las dantas. 

Entre sus paredes habitaba el espíritu del pensamiento. La esencia del razonamiento y la interpretación. La naturaleza que convidaba a las profundidades de lo trascendente. En sus pisos de granito habían quedado impregnadas las huellas de blancas generaciones. De millones de pasos que conducían a otros caminos y nuevas etapas. Sus recintos guardaban los recuerdos de esfuerzos derivados en éxitos o fracasos. De sueños cumplidos o truncados. 

El alma que residía en la vieja casona era estricta pero noble. De altas cualidades morales. Caracterizada por su integridad. Por su afán de aprovechar al máximo los dotes personales y combinarlos con el esfuerzo colectivo mediante un ejercicio constante de integración. Su incansable intención era descubrir, desarrollar y fortalecer. Inocular el agente del razonamiento analítico que contribuye a la visión, a las decisiones acertadas y a la adaptabilidad. A las conclusiones lógicas y bien fundamentadas. Al liderazgo.

Pero el espíritu de la vieja casona también fue víctima del torrencial. Del maremoto que todo arrasó. No sobrevivió a la perfidia y naufragó llevándose consigo tesoros invaluables. Condenado a un ostracismo que le condujo a la Siberia del olvido sus aportes pasados y futuros fueron reducidos a la nada. A la inexistencia que solo genera vacío y desesperanza.

Arriado su estandarte, su mástil quedó huérfano y hambriento. El alma de la vieja casona, condenada a vagar por detrás de las huestes de la ignorancia, es testigo de como el inexorable tiempo empuja a quien sirve hacia la espiral descendente del atraso. Su bitácora, rica y pletórica de conocimientos en una época, ve cómo se amarillentan sus viejas paginas y quedan vacías las nuevas. Sin tinta que impriman modernas erudiciones su libro también enrumbó hacia su consumación final.

Más que millares fueron huéspedes de la vieja casona. Más que millares se  nutrieron de su sabia. Más que millares, con sus altos y bajos, lograron vencer la rompiente. Sus aguas derivaron en fuente de aprendizaje y crecimiento. En aparejo para la vida. En pertrecho para enfrentar retos y exigencias. En herramientas que no pierden filo ni vigencia. Pero más allá de lo individual, y sin obviar su natural perfectibilidad, la vieja casona era referente de un pensamiento grupal que contribuía fehacientemente a su evolución y crecimiento.

Hoy, como ayer, entristece el desguace. Sin embargo, para los nostálgicos reina una mezcla de salada melancolía con esperanzadora ilusión. La sana expectativa de un renacer. De una desextinción que permita el resurgir de la vieja casona y, por ende, de su ilustrativo aporte. Del resucitar de la Escuela Superior de Guerra Naval y de su condición como insigne bitácora del pensamiento naval venezolano.

jueves, 7 de agosto de 2025

El cantar de las ranitas

A la luz de un destartalado farol, y con la noche como telón de fondo, un hombre rumiaba sus pensamientos. Las coquis antillanas le hacían coro mientras la brisa le acariciaba la frente. Se perdía en sus cavilaciones acompañado por el canto de esas ranitas y el silbar de los alisios provenientes del noreste.

Completamente abstraído, el hombre se dejaba llevar y su imaginaria levitación le permitía otear allende la lejanía. Más allá de donde cielo y mar se confunden… allá donde se curva la tierra y la mirada de los mortales fenece.

Ensimismado, distinguió, entre sombras y brumas, un lugar. Uno que encerraba a todo un suspiro de quereres. En el que se arremolinaban vivencias y sentimientos. En el que se confrontaban verdades. Certezas que luchaban por enaltecerse como realidades.

Distinguió que ese careo, entre verdades y realidades, era sucio. Amañado. Desigual y cargado de amargas injusticias. En un principio no entendió del porqué de todo ello pues bien sabía que realidad y verdad son, esencialmente, distintas. Conceptos análogos dado el vinculo de semejanza que les une a pesar de la noción de diferencia que ciertamente encierra cada uno. 

Recordaba que la realidad refiere a lo que existe, a la cosa que ocupa tiempo y espacio. No importa que no se conozca o que se ignore, no por ello dejaba de existir, de ser real. En contraposición, la verdad se derivaba del proceso mediante el cual la razón percibe la realidad. 

Hablándose a sí mismo se reafirmaba que la verdad depende, por tanto, del intelecto, del conocimiento, de las variables particulares de cada quien. Ante la misma y única realidad, habrá tantas nociones de la verdad como sujetos con conocimientos, perspectivas o intereses distintos. Por ello se decía que “cada cabeza es un mundo”. Refrán que daba a entender que ante la inexorable realidad cada sujeto reacciona distinto y cada uno construirá su verdad.

Con suspicacia afinó la mirada y denotó la realidad. Su privilegiada elevación se lo permitía. Lo que observó no le exigía explayarse en mayores detalles. Hacerlo seria caer en la monotonía. En la letanía de todos los males que agraviaban, tanto, a las gentes de ese lugar como a su identidad cultural. 

A los lugareños la realidad les magullaba en lo físico, lo psíquico y lo espiritual. A su identidad, concepto etéreo, intangible pero sublime que recoge el sentido de existencia, conciencia, valores y cultura, valga decir su nacionalidad, la golpeaba tanto y tan, pero tan fuerte que, parafraseando a Storni, “su alma desnuda… angustiada y sola… iba dejando sus pétalos dispersos por doquier”

El hombre también observó que ante esa cruda realidad, convivían la verdad de unos y la de otros. Unos, y en un ejercicio de factorización por agrupamiento, la inmensa e inocultable mayoría. El amplio y diverso conglomerado obligado a ver como se le iba la vida en medio de vejámenes, necesidades insatisfechas, frustraciones y rupturas. Los otros, los menos. Quienes en un acto de aberrante prestidigitación intentaban vender la ilusión de un lugar posible que ya nadie quería mientras saboreaban con placer el amargo elixir con el que habían enfermado de muerte al lugar. 

Dantesca y antagónica escena. Sufrimiento por un lado y petulante gozo por el otro. Resiliencia y descaro. La realidad que representaba el fatídico maremoto en curso, derivaba, por tanto en dos verdades. La de aquellos que sufren la realidad y la de otros que se beneficiaban de ella. Pero al hombre le interesaba la de los sufrientes. No la otra, pues esa era una verdad alucinógena inducida por soporíferos ideológicos o anfetamínicas corruptelas que eran causa y efecto de todas las desgracias.

Atónito y desencajado, el hombre caldeo la mirada. La luz del destartalado farol tiritaba creando ráfagas de luz y oscuridad. El canto de las ranitas se hizo tan agudo que anunciaba una irremediable cefalea y las caricias de la brisa tornaron en abrupta cachetada. El acúfeno que lo abrazaba contradecía el absoluto silencio derredor y la terrible analogía del contraste entre el bien y el mal se hizo presente en forma de gélida ventisca. La visión de la realidad observada le había apuñalado el espíritu.

Ante tal tromba de sensaciones el hombre despertó de su abstracción y se sacudió los miedos. Aún sudoroso miró calle arriba y calle abajo percatándose que solo le acompañaba el placido cantar de las ranitas. Pero preocupado notó que el silencio era aturdidor. Doloroso incluso. Tenebroso. Incorporándose tomó una gran bocanada de aire y sintió frio. Echó una última mirada al destartalado farol y, vacilante, emprendió camino a su casa.

En su lento andar, acompañado por el cantar de las ranitas, el hombre se cuestionó melancólicamente… sus recientes visiones le atormentaban y para tranquilizarse recordó que alguna vez leyó que “todo pasa, solo queda la verdad”… en su caso, la verdad de los sufrientes… la verdad que reivindica la realidad… la verdad que exige reparación y se pliega a la no repetición de los tormentos. 


Saludable incertidumbre

La vida es un viaje. Una aventura a la inmensidad del océano. Un crucero que, entre claridades y brumas, nos enfila hacia la rompiente que nos hace subir y bajar. En el que se ríe y se llora. Periplo que depara éxitos o fracasos. Piélago que esconde alegrías y penas. Sueños y tormentos. Mar de aguas mansas y turbulentas que va definiendo, cual Jason y sus argonautas, a quienes zarpan en busca de su propio vellocino de oro.

La vida es un viaje maravilloso. Un descubrimiento constante. Travesía en la que, a decir de Heráclito, “nada es permanente a excepción del cambio”. Por ello nuestra existencia es dinamismo y transición perenne. Todo en ella posee un principio y un final. Un alfa y un omega. En el devenir de esa persistente variación es lógico que se genere el más difícil de los tormentos: la incertidumbre. Ella es fuente inagotable de ansiedad y temor. Estado difícil de sobrellevar que decanta en el ponto de las dudas y el desasosiego.

Pero con todo, según Conrad, “la mayor virtud de un buen marino es una saludable incertidumbre”. Y es que la energía encubierta de la incertidumbre reside en que puede transformarse en una invitación a la sabiduría. Esa que, traducida en conocimiento empleado con prudencia y sensatez, da pie a la anticipación inteligente que neutraliza los peligros imprevistos.

La incertidumbre, abstraída de su connotación negativa, puede tornarse en catalizador para la creatividad, la innovación, la adaptación e incluso para el crecimiento. Induce a la flexibilidad y nos educa en cuanto a la inevitabilidad del cambio. Es una oportunidad para la exploración de nuevas alternativas. Es por ende una claraboya que abre ojos a la sabiduría. Una ocasión para asumir serenamente las nuevas realidades de la vida. Una coyuntura para renovar el sentido de nuestra existencia y para generar el ímpetu que la conducirá hasta puerto seguro.

Incertidumbre y sabiduría pueden, por tanto, ir de la mano. Todo dependerá de nuestra actitud. Del chance que aproveche la segunda de la primera. De la entereza para sobreponerse a la angustia y al miedo. De la resiliencia. De la serenidad y el valor. De la visión que aborrece la inmediatez. De la inteligencia. Del saber. De la esperanza bien manejada. De la integridad que caracteriza al sapiente.

La mitología griega es una rica fuente de enseñanzas. Sus aportes, más allá de lo literario, han contribuido a la valoración de las distintas virtudes que hacen del hombre un ser extraordinario. El mito de Jason y los argonautas, que no escapa a ello, es una oda al viaje en que se constituye la vida. Una loa a la necesidad de enfrentar las incertidumbres que nos plantea nuestro paso por la terrenalidad. Una leyenda que incita al dominio de armas como el valor y la persistencia para encarar lo desconocido. Una inspiración que sirvió a Conrad para reafirmar que la sabiduría también se nutre de las más encapotadas incertidumbres.


viernes, 1 de agosto de 2025

Entre luces y sombras

El claroscuro es una técnica pictórica correspondiente a la pintura clásica empleada para crear fuertes contrastes entre luces y sombras. Con ella los artistas del renacimiento y del barroco buscaban mostrar u ocultar, con mayor o menor intensidad, los volúmenes que conformaban la escena de sus respectivas obras. Así jerarquizaban la visual del espectador y le invitaban a una apreciación caracterizada por la disparidad de las claridades y sus consecuentes sensaciones de tensión y armonía.

Pero en otros contextos el claroscuro se afianza en su acepción de contradicción. En la yuxtaposición que implica la convivencia de elementos o actitudes antagónicas. Como la mezcla no controlada y efervescente de los rasgos de una persona. Cóctel que degenera en pensamientos y comportamientos disfuncionales. Condición que de no superarse atrapa al individuo en una especie de purgatorio en donde busca purificarse pues no encuentra como equilibrar sus angustias con sus alegrías. 

Encarcelado en un mal manejo emocional la persona puede perderse en un limbo de dificultades anímicas y conductuales que pueden conducirla a una mala gestión de todos los aspectos de su vida. Entre ellos el de la dicotomía de la responsabilidad.

La responsabilidad es un valor ético moral que se concreta por intermedio de la conciencia desarrollada de cara a las obligaciones contraídas y por la actitud de asumir las consecuencias de los actos propios. Implica la capacidad para discernir entre lo correcto y lo incorrecto y el apego por cumplir con los deberes que se derivan de la convivencia en sociedad. Está, por tanto, íntimamente relacionada con la toma de decisiones y la admisión de las resultas.

La dicotomía, por su parte, apunta a la tensión que surge entre la responsabilidad y su antónimo. Dinámica de disyuntivas que arrastra con su caudal a cada uno de los términos que definen a esa relación binaria. Pero esa dicotomía se hace aún más compleja cuando, en la misma persona, se presenta en algunos ámbitos y en otros no. Por ejemplo: muy responsable en el plano laboral pero irresponsable como padre.

Las personas perdidas en el laberinto de la irresponsabilidad son prisioneras de su propia dificultad para visualizar soluciones. Poco propensas a los sacrificios y con enormes limitaciones para tomar decisiones de alto impacto en su vida. Su incapacidad para generar una visión holística de su propia existencia les impide encontrar ese equilibrio y esa armonía que son requeridas para conciliar todas las dimensiones amarradas a su realidad.

Por ello, quienes caen, por ejemplo, en las telarañas de la paternidad irresponsable obvian el gravísimo impacto de sus fallos y omisiones. Someten a los hijos al abandono creando carencias afectivas y resentimientos. Afectaciones al desarrollo emocional y cognitivo. Inseguridades y deficiencias económicas. Todas desventajas en el proceso de desarrollo integral de los niños. Menores que, al ser adultos, sopesaran y sufrirán, consciente o inconscientemente, los costos a los cuales fueron sometidos durante la niñez. Ergo, desde las fauces de la irresponsabilidad se apuesta al peligro futuro. Solo el accionar de otro actor responsable les salvará de esa boca amenazante.

El irresponsable es, por tanto, un agente de perturbación social que altera el adecuado funcionamiento del grupo al cual pertenece. No aporta al bien societal y su actitud lo convierte en un ente que lejos de fomentar la cohesión y la colaboración la obstaculiza. Su conducta se transforma en un lastre para su individualidad y para el mundo que le rodea.  

El irresponsable omite que "el que vive en armonía consigo mismo, vive en armonía con el universo”. Pero más allá de ello olvida que entre sol y sombra no queda nada oculto. El claroscuro nunca será suficiente para mimetizar la realidad. Para contenerla, pues esta, cual burbuja que busca la superficie, siempre saldrá a flote. Por ello, las consecuencias de su actitud insensata siempre, pero siempre, le alcanzarán y le cobrarán.

Rembrandt, un insigne maestro del barroco, no solo empleaba el claroscuro para iluminar figuras y crear efectos dramáticos, sino para profundizar en la naturaleza y las complejidades de sus personajes… disonancias que apuntaban a los conflictos internos y externos… a las angustias y a las alegrías… a los claros y a los oscuros del comportamiento humano. Como las luces que residen en los valores éticos morales y las sombras de la tenebrosa irresponsabilidad.


Érase una vez

Érase una vez un lugar en donde el azul convivía con el verde… donde las playas se emparentaban con los picos nevados y las llanuras guiñaban un ojo a las profusas selvas. Érase una vez un paraje que contaba con la bendición del Altísimo… tanto así que bastaba con levantar la mano para comer de la fruta que se da por doquier. Érase una vez que los moradores de esa tierra enfermaron. Los de arriba y los de abajo. Érase una vez que se instaló la anomia.

En esos andurriales algunos letrados afirmaban que la anomia era ausencia de ley. Pero otros doctos también decían que podía entenderse como la incapacidad de los de arriba de crear y asegurar las condiciones para que los de abajo pudieran alcanzar sus sueños.

Cuenta la leyenda que en esas tierras se vivía una clara situación de anomia pues quienes regían sus destinos, los de arriba, demostraban una ignorancia supina en cuanto a lo que debían hacer. Por eso no hacían nada… o por lo menos algo que valiera la pena. Su interpretación de ese crear se limitaba a las ideologizadas dádivas que intentaban trastornar la idiosincrasia de los de abajo en cuanto a las virtudes relacionadas con el estudio y el trabajo, el sacrificio y la abnegación. Limitando su futuro a la hipocresía de una falsa limosna.

Por ello, en la tierra en donde el azul convivía con el verde, la anomia había conducido a los de abajo a una preocupante situación. A una crisis que era integral y de impacto desestructurador. Los de arriba la negaban pero nadie en su sano juicio podía obviar el desmantelamiento institucional, ni el desmoronamiento de la economía, ni el auge de la pobreza, ni la desnutrición, ni la precaria atención a la salud, ni la inoperancia de los servicios públicos, ni el auge de la migración convertida en vergonzosa diáspora, ni la criminalización de la nacionalidad. O la educación en condición de capa caída. Menos aún la depresión que a muchos embargaba. En síntesis, el atraso hecho metástasis.

Atrapados entre la ausencia y la incapacidad, los de abajo se preguntaban ¿existiría alguna familia en el lugar donde las playas se emparentaban con los picos nevados que estaba exenta de alguna de esas calamidades? Difícilmente. Si no los agarraba el chingo los agarraba el sin nariz.

En ese lugar donde las llanuras guiñaban un ojo a las profusas selvas, los de arriba desperdiciaron su oportunidad. Echaron por la borda ingentes recursos y zozobraron entre las marejadas de la ineficiencia, la corrupción y el vandalismo. Naufragaron en medio de un melange ideológico sin pies ni cabeza. Su utópica bandera degeneró en distopía caracterizada por un declive catastrófico de la vida (de los de abajo). La ceguera les impidió enmendar, corregir y reorientar pues más pudo la tozudez y el apego a la depravación. Estaban ebrios de su propia degeneración y disociados de toda realidad.

Perdidos en ese paraje que alguna vez contó con la bendición del Altísimo, los de abajo asumieron la frustración de sus viejas y ya rancias expectativas. Soterradas y al frío de su necrópolis estas mutaron primero en desencanto para luego recalar en animadversión. En tanto, rezaban por un renacer. Oraban por un reacomodo que abriera las puertas de la modernización y la eficiencia. Una que condujera hacia el sendero de la motivación y las garantías. Por los caminos de la inviolabilidad de las libertades individuales y en donde se asegurara la igualdad ante la ley. En el que imperara la coherencia entre el bienestar y el progreso.

En esa tierra del érase una vez los hechos no dejaban de existir porque se les ignorara. Estaban allí y respiraban a la nuca de los de abajo con su aliento de estrago y perversión. Alimentando con su desolación a la maquina que en constante marcha atrás les enrumbaba hacia estadios que en algún momento ya habían sido superados. 

Por todo ello, el paraje en el que bastaba con levantar la mano para comer de la fruta que se da por doquier requería de una ayuda para vencer la anomia que le carcomía… de un impulso para que volviera a ser lo que érase una vez… una tierra prospera y referencia de virtudes. Suplicaba por un hálito que lejos de expulsar vicio le inculcara nuevos aires. Por frescas brisas que trajeran nuevas perspectivas de viejas añoranzas. Imploraba por tifones de esperanza y futuro.

Érase una vez una tierra de gracia… una que sigue esperando una ventana a la luz. Una que permita el retorno definitivo de lo que érase una vez y nunca debió dejar de ser…

Érase una vez un rincón con una esperanza que aspiraba a no envejecer de tanto esperar.

La vieja casona

Desde lo alto del azul se distinguía por su rojo tejado. Colindando con el valle ancestral, la vieja casona entrompaba a un Cuyuní que cambi...