viernes, 1 de agosto de 2025

Érase una vez

Érase una vez un lugar en donde el azul convivía con el verde… donde las playas se emparentaban con los picos nevados y las llanuras guiñaban un ojo a las profusas selvas. Érase una vez un paraje que contaba con la bendición del Altísimo… tanto así que bastaba con levantar la mano para comer de la fruta que se da por doquier. Érase una vez que los moradores de esa tierra enfermaron. Los de arriba y los de abajo. Érase una vez que se instaló la anomia.

En esos andurriales algunos letrados afirmaban que la anomia era ausencia de ley. Pero otros doctos también decían que podía entenderse como la incapacidad de los de arriba de crear y asegurar las condiciones para que los de abajo pudieran alcanzar sus sueños.

Cuenta la leyenda que en esas tierras se vivía una clara situación de anomia pues quienes regían sus destinos, los de arriba, demostraban una ignorancia supina en cuanto a lo que debían hacer. Por eso no hacían nada… o por lo menos algo que valiera la pena. Su interpretación de ese crear se limitaba a las ideologizadas dádivas que intentaban trastornar la idiosincrasia de los de abajo en cuanto a las virtudes relacionadas con el estudio y el trabajo, el sacrificio y la abnegación. Limitando su futuro a la hipocresía de una falsa limosna.

Por ello, en la tierra en donde el azul convivía con el verde, la anomia había conducido a los de abajo a una preocupante situación. A una crisis que era integral y de impacto desestructurador. Los de arriba la negaban pero nadie en su sano juicio podía obviar el desmantelamiento institucional, ni el desmoronamiento de la economía, ni el auge de la pobreza, ni la desnutrición, ni la precaria atención a la salud, ni la inoperancia de los servicios públicos, ni el auge de la migración convertida en vergonzosa diáspora, ni la criminalización de la nacionalidad. O la educación en condición de capa caída. Menos aún la depresión que a muchos embargaba. En síntesis, el atraso hecho metástasis.

Atrapados entre la ausencia y la incapacidad, los de abajo se preguntaban ¿existiría alguna familia en el lugar donde las playas se emparentaban con los picos nevados que estaba exenta de alguna de esas calamidades? Difícilmente. Si no los agarraba el chingo los agarraba el sin nariz.

En ese lugar donde las llanuras guiñaban un ojo a las profusas selvas, los de arriba desperdiciaron su oportunidad. Echaron por la borda ingentes recursos y zozobraron entre las marejadas de la ineficiencia, la corrupción y el vandalismo. Naufragaron en medio de un melange ideológico sin pies ni cabeza. Su utópica bandera degeneró en distopía caracterizada por un declive catastrófico de la vida (de los de abajo). La ceguera les impidió enmendar, corregir y reorientar pues más pudo la tozudez y el apego a la depravación. Estaban ebrios de su propia degeneración y disociados de toda realidad.

Perdidos en ese paraje que alguna vez contó con la bendición del Altísimo, los de abajo asumieron la frustración de sus viejas y ya rancias expectativas. Soterradas y al frío de su necrópolis estas mutaron primero en desencanto para luego recalar en animadversión. En tanto, rezaban por un renacer. Oraban por un reacomodo que abriera las puertas de la modernización y la eficiencia. Una que condujera hacia el sendero de la motivación y las garantías. Por los caminos de la inviolabilidad de las libertades individuales y en donde se asegurara la igualdad ante la ley. En el que imperara la coherencia entre el bienestar y el progreso.

En esa tierra del érase una vez los hechos no dejaban de existir porque se les ignorara. Estaban allí y respiraban a la nuca de los de abajo con su aliento de estrago y perversión. Alimentando con su desolación a la maquina que en constante marcha atrás les enrumbaba hacia estadios que en algún momento ya habían sido superados. 

Por todo ello, el paraje en el que bastaba con levantar la mano para comer de la fruta que se da por doquier requería de una ayuda para vencer la anomia que le carcomía… de un impulso para que volviera a ser lo que érase una vez… una tierra prospera y referencia de virtudes. Suplicaba por un hálito que lejos de expulsar vicio le inculcara nuevos aires. Por frescas brisas que trajeran nuevas perspectivas de viejas añoranzas. Imploraba por tifones de esperanza y futuro.

Érase una vez una tierra de gracia… una que sigue esperando una ventana a la luz. Una que permita el retorno definitivo de lo que érase una vez y nunca debió dejar de ser…

Érase una vez un rincón con una esperanza que aspiraba a no envejecer de tanto esperar.

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